Turismo
Los latinos que lo dejaron todo por vivir en el Ártico
Uruguayos, mexicanos, colombianos y brasileros decidieron pasar sus días en el pueblo más alto del norte del mundo. El periodista colombiano Juan Molina Moncada relató una bella crónica que describe cómo es vivir allí.
Longyearbyen, Turismo

Longyearbyen queda en Noruega. Es un pueblo de dos mil habitantes. Allí casi todo es al límite: queda en el extremo norte del mundo Y la temperatura alcanza los 30 grados bajo cero. Allí decidieron irse a vivir 20 latinos que pasan su vida bailando salsa, merengue o La Macarena en invierno, así la altura hiciera que la respiración se les dificultara un poco.

Esta historia de libertad la encontró el periodista colombiano Juan Molina, quien relató cómo es la vida la pequeña pero notable colonia latina de 20 entre uruguayos, colombianos, mexicanos y brasileros.

Molina recorrió los caminos Longyearbyen encontrando a personalidades como Tatiana Ibarra, una mexicana que después de nueve meses de arrivar a ese lugar helado del mundo es profesora de español y guía turística la mayor parte del año, pero al llegar el invierno también es instructora de baile, no sólo para integrase con la comunidad sino par disminuir o prevenir la depresión de tipo estacional, o baja de ánimo por el clima gélido.

Una de las alumnas de la jornada de baile de Tatiana es Gabriela Zendejas, mexicana, quien labora en una empresa de turismo en Longyearbyen. Lo dice durante una noche de octubre, cuando cada día representa 20 minutos menos de luz solar. "Será mi primera noche polar, mi novatada", comenta

Los días también son divertidos para Ana Souza, psicóloga brasilera quien lleva dos años en Longyearbyen y asiste a unos profesores del Centro Universitario de Svalbard, acompañando la ejecución de los exámenes de maestría y doctorado. Para ella lo más importante es el apoyo emocional. "A veces, el lugar es muy propicio para que te baje el ánimo y extrañes tu país. Algunas veces una amiga llama, dice que no está bien, que quiere irse… intentamos reunirnos, escucharla, mientras nos tomamos un vino, un café o un té. Al otro día, esa persona se encuentra un poco mejor”, contó Ana al periodista con un tono seguro y tranquilo.

Molina no se quedó con la duda estrella que se le hace a quien deja su tierra por otra radicalmente distinta: qué extrañaban de su país.

— ¡Híjole!, es lo que más extraño, después de mi familia. Aquí me como los tacos más tristes, sentencia Gabriela.

— Extraño mucho la comida del norte de Brasil, los pescados del río Amazonas… ¡Nunca pensé que comer salmón me aburriera! —afirma Ana, entre risas.

Otro de los latinos que fue atrapado por el frío extremo de Noruega es el colombiano Jhon Muñoz, quien vivió durante un mes en Longyearbyen mientras estudiaba cómo el movimiento de las fallas geológicas afecta el curso de los ríos y del mar. Un día, como quien no se lo espera, vio por primera vez una deslumbrante aurora boreal. 

Muñoz le comenta al periodista que en el pueblo de Longyearbyen se come mucho pescado como ballena y guisado de reno. El chef uruguayo Carlos Daniel Gerez, quien ya lleva 11 años en Svalbard (Noruega) y trabaja en la única panadería de esta ciudad, dice que el pueblo es un lugar para experimentar en la gastronomía.

Longyearbyen es una población pequeña: apenas cuenta con 45 kilómetros de vía y para desplazarse de un extremo a otro del pueblo toma cerca de 10 minutos. Sin embargo, la energía, actividad y afabilidad de sólo 20 latinos basta para hacer de esta comunidad un grupo cálido y que para nada se asienta en la cotidianidad.

Fuente y fotografías: Revista Avianca.com